lunes, 23 de agosto de 2010

La trampa de la ciudad global

La trampa de la ciudad global

La socióloga Saskia Sassen analiza la nueva fisonomía de las ciudades, el valor de la marginalidad y la manera en que ricos, pobres y la clase media construyen lo social en el territorio ciudadano.

De origen holandés, la socióloga Saskia Sassen alcanzó renombre internacional con su libro La Ciudad Global (1991). Actualmente es profesora en la Universidad de Columbia y hace poco estuvo en Argentina para presentar su más reciente trabajo: Territorio, autoridad y derechos (Editorial Katz).
A pesar de conocer muy bien a Buenos Aires, la ciudad en que trascurrió su infancia, Saskia queda sorprendida en cada una de sus visitas. “El primer gran impacto que tuve fue a finales de los 90 –explica–, cuando vi la transformación de Puerto Madero. Pero en mis viajes actuales, lo que me impresiona es el talento de los más pobres para transformar un espacio vulnerable”.
Como muestra de este interés, Saskia recibe a ARQ en compañía de una dirigente cartonera que le transmite su preocupación por las dificultades para acceder a las licitaciones del Gobierno de la Ciudad para la recolección de residuos.
–Este parece un ejemplo de lo que usted menciona acerca de “las personas sin poder que buscan hacer historia”.
–Exactamente. Los convenios que estas cooperativas han firmado con el Gobierno son un interesante reconocimiento del trabajo que realizan los cartoneros. Cuando los conocí, hace algunos años, el cerrajero de una cooperativa me dijo una frase que la uso muy a menudo: “Señora, nosotros somos emprendedores ecológicos y, además, somos el futuro”.
En su libro La Ciudad Global, Saskia mostraba claramente la relación entre globalización, paisaje urbano y espacio público. En Territorio, Autoridad y Derechos, analiza el grado de globalidad formal e institucionalizada.
–En la ciudad industrial del siglo XX, por ejemplo, el capitalismo implicaba a dos actores muy fuertes, propietarios y trabajadores, con sus respectivas huellas sobre el espacio publico. ¿Cómo impacta la crisis de esta ciudad “fordista” sobre el espacio urbano contemporáneo? –Ahora estoy muy interesada en una nueva categoría social y urbana: el Global Slum , las favelas globales: es el caso de Rocinha en Río de Janeiro, Kibera en Nairobi, Dharavi en Mumbai y seguramente algunas villas en la Argentina. Hay un reconocimiento de su situación, hay un principio de autonomía, de legalidad, que cae por fuera de la institucional. Ahora, por ejemplo, hay en China un movimiento de 200 millones de nómades que quieren villas para vivir cerca de los lugares donde trabajan. Se trata de un espacio informal, pero hay que entender que lo formal es a veces el final de una trayectoria que arranca desde la villa. Hay que ver en que termina el Global Slum : podría convertirse finalmente en una ciudad formal.
–En definitiva, la reivindicación de los migrantes que llegaban del campo era pasar de la villa a la ciudad formal. El Barrio Carlos Mugica (la Villa 31 de Retiro) acaba de conseguir una ley para su urbanización, que ordena integrarla a la ciudad formal.
–Nosotros, los privilegiados, tendemos a ver el slum como un espacio de miseria, y por lo tanto la solución sería eliminarlo. Lo que no se entiende es que, estando en otro momento de una trayectoria social, la villa significa un espacio que los más pobres pueden controlar. Los nómadas chinos no están pidiendo al gobierno que les haga casas, sino que están pidiendo un espacio informal donde estar. Algunas “villas globales” tienen escuelas, instituciones y capacidades productivas, no son simplemente pura miseria.
–Las metrópolis contemporáneas hay cada vez más enclaves de riqueza conectados por autopistas que pasan sobre una ciudad pobre a la que no es necesario entrar.
–Uno podría pensar que los bordes de esta superposición de la ciudad rica con la ciudad informal, podrían ser un espacio de encuentro. Considero esa dualidad como un espacio de oportunidad, pero no necesariamente para la gente que está viviendo allí, sino para una ciudad que logra activar la línea que separa esos mundos; eso podría tener proyección a nivel urbano. Uno piensa en la noción del espacio público como un espacio marcado por una sociabilidad de poco espesor, donde todas las diferencias pueden imbricarse. Un espacio de interacción intensa. El buen espacio público en las grandes ciudades es aquel donde hay una enormidad de diferencias. La buena ciudad, con un proyecto cívico (que nunca es perfecto), debería poder manejar esos espacios, no a nivel de relaciones de vecinos sino a nivel de proyección urbana, donde la gente que vive a ambos lados se encuentra en el espacio público.
–Las clases urbanas globalizadas suelen tener pautas de aislamiento, como vivir en “countries”. Pareciera que ese es el principal escollo para la imbricación social.
–Justamente esas son las nuevas fronteras que cruzan las establecidas entre países, y son aún más duras que aquellas. A partir de los tratados de libre comercio se ha formado un sujeto que yo llamo “trabajador migrante con derecho portable”, formalizado, que tiene un espacio. Tienen todos los derechos, excepto votar en elecciones nacionales. Pero si no tenés ese pasaporte, como les pasa a la mayoría de los trabajadores, quedás afuera. Eso se pierde en todo este discurso de “fin de las fronteras”. Sí, se han diluido las fronteras para los flujos de capitales, pero al mismo tiempo crean sus propias fronteras, que son transversales a las anteriores. Sin embargo, esta cuestión de la homogeneización hay que manejarla con cuidado. En primer lugar, esa homogeneización de las elites tiene que ver también con construir la sociabilidad e incorporar a las nuevas generaciones. Como segundo punto, La gran mayoría de nosotros está perdiendo la capacidad de construir lo social: nos hacemos consumidores de ciudadanía, no hacemos ciudadanía. Hay dos excepciones: las elites, que tienen que asegurarse construir la ciudadanía bajo sus pautas, y los pobres, que tienen que hacerlo por supervivencia. De ahí es que el Global Slum tiene la capacidad de hacer lo social.
–¿La globalización reclama homogeneidad en las ciudades? –Hay que decodificar esa homogeneidad visual de la ciudad, especialmente en los nuevos espacios urbanos. En los hoteles, en los aeropuertos, no importa cuan original sea el arquitecto, uno encuentra espacios estandarizados a muy alto nivel. El edificio de oficinas de hace 50 años hablaba un lenguaje transparente, decía: “soy un banco”. El de hoy no, los trabajos de rutina no están en la centralidad, están en los suburbios. El entorno construido cambió, hoy es una infraestructura necesaria para hacer lo que fuere, pero indeterminada. Que el orden visual parezca igual no significa que la cuestión económica sea idéntica. Los cuatro principales centros financieros de China son iguales, los edificios son iguales, están estandarizados, pero su función es distinta. No hay que caer en la trampa de que todas las ciudades se están volviendo iguales; al contrario, en este período de globalización, en los sectores más especializados, en el mismo sector cultural, aumenta la importancia de la diferenciación especializada. Estoy de acuerdo que a nivel de esa clase alta hay homogeneización, funciona así, pero hay que matizarlo con mucho cuidado. Hay que distinguir entre el orden visual y la infraestructura.
Quizás por ser conciente de estas cuestiones, Saskia se cuida de caer en la trampa de los paisajes globalizados. “No busco una visión global de la ciudad, no hago turismo. Si me dicen que me van a mostrar algo muy lindo, ya me aburro. Prefiero conocer vecindarios y personas”, sostiene y recuerda el comienzo de la charla y el problema de los cartoneros: “Me gustaría no perder noticia del incumplimiento de la Ley 992 de recuperadores urbanos y los convenios existentes. Y sobre todo, que se cumplan”.


Por arq.com.mx

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