jueves, 16 de mayo de 2013

La mirada moderna que renovó la arquitectura mexicana

La mirada moderna que renovó la arquitectura mexicana

“En México, la obra de los arquitectos Luis Barragán, Ricardo Legorreta Vilchis y Antonio Atollini, pueden ubicarse dentro de las propuestas que cuestionaron severamente los cartabones del funcionalismo, sin embargo, sus arquitecturas, pusieron en juego los postulados del arte moderno con la tradición arquitectónica mexicana.”

En todo el mundo, después de lo que se conoce como Revolución Industrial hubo una gran transformación en la forma en que se concibieron las ciudades y la arquitectura. Este cambio fue parte de lo que también se gestó en otras de las bellas artes, una nueva forma de ver y entender los espacios y la realidad.
Desde finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, tanto en la pintura, la escultura y la arquitectura los creadores buscaron nuevos tipos de expresión, con el objetivo de romper la visión tradicional de las cosas para generar formas nuevas. El principal recurso para ello fue la abstracción, que permeó todo el pensamiento artístico.

Para la concepción del espacio, la arquitectura, como sucedió en las artes plásticas, se omitieron todos los accesorios figurativos y los falsos “tradicionalismos”. Así, el arte arquitectónico se limitó a sus propios medios, dando prioridad a la relación entre las líneas y el equilibrio de las grandes masas; los elementos decorativos en sí se tornaron plásticos y arquitectónicos. Esta nueva manera de concebir la arquitectura, que celebraba la síntesis formal, la limpieza de trazos, la transparencia, la continuidad visual entre el exterior y el interior, la omisión de elementos superficiales, implicó un cambio radical en la forma de entender y crear espacios.

Paradójicamente, los planteamientos de la modernidad que tanto hincapié hicieron en la funcionalidad, la omisión de los elementos ornamentales e incluso la omisión de la historia, con el transcurrir del tiempo se convirtieron en un estilo, que hacia los años cincuenta fue enjuiciado por muchos arquitectos que lo consideraban como “la dictadura del ángulo recto”. La arquitectura sin “adornos” y “ahistórica” fue motivo de disertaciones para muchos arquitectos que reclamaban mirar de nuevo hacia los monumentos, la arquitectura vernácula y sobre todo a los usuarios.

En México, la obra de los arquitectos Luis Barragán, Ricardo Legorreta Vilchis y Antonio Atollini Lack, pueden ubicarse dentro de las propuestas que cuestionaron severamente los cartabones del funcionalismo -sobre todo en relación a la pérdida de identidad y la ausencia del estilo- sin embargo, sus arquitecturas, paradójicamente, pusieron en juego los postulados del arte moderno –principalmente lo que se refiere a la síntesis formal- con la tradición plástica mexicana.

El trabajo de estos tres arquitectos hizo que de nuevo la arquitectura se aproximara a su entorno, tanto desde una perspectiva cultural como medioambiental, proponiendo siempre soluciones adecuadas a la climatología y congruentes en el uso de materiales y sistemas constructivos tradicionales.

Esencialmente lo que dio pie a sus propuestas fue la espacialidad moderna adaptada al legado artístico de México, la valoración de la cultura vernácula y popular, así como de las haciendas y conventos coloniales.

De la arquitectura vernácula mexicana, estos tres arquitectos retomaron sus elementos más significativos: el muro, el juego entre vanos y macizos; los volúmenes sólidos de geometrías puras; los repellados rugosos y ásperos; la luz como elemento generador de espacios y ambientes; el agua; y el color, elemento que más allá de una función decorativa, enfatiza la proporción de los diferentes elementos arquitectónicos, volúmenes y espacios, a la vez que delimita y crea diferentes ambientes mediante paletas de gran luminosidad.

Todos estos elementos los adaptaron con gran destreza a la estética y necesidades de su tiempo, sí con los mismos mecanismos de la modernidad, pero con una postura mucho más sensible, que aceptaba la riqueza y vitalidad de los valores esenciales de la arquitectura popular.

En sus obras, Barragán, Legorreta y Atollini, lograron superar muchas de las imposiciones de las doctrinas modernas pero sin romper con sus principios básicos, consiguiendo con ello hacer arquitecturas en las que modernidad y tradición dejaron de ser conceptos antagónicos.

La postura que tuvieron estos arquitectos en torno a la modernidad desencadenó con el paso del tiempo una serie de tendencias que permitieron además de la renovación de la arquitectura mexicana, valorar la arquitectura tradicional no como sólo como recuerdo del pasado sino como una veta de infinitos recursos susceptibles de ser explorados en cualquier momento de la historia.

Luis Barragán (1902-1988)

Nació en Guadalajara, Jalisco, México el 9 de marzo de 1902. Es uno de los arquitectos más influyentes de la modernidad mexicana, su obra es notoria en arquitectos actuales no sólo en aspectos visuales sino conceptuales.

Entre 1919 y 1923 estudió en la Escuela Libre de Ingenieros de Guadalajara. Su interés por la arquitectura, según afirmaba él mismo, había nacido fundamentalmente de la influencia del arquitecto Agustín Basave, uno de sus maestros. El 3 de diciembre de 1923, Luis Barragán se graduó de ingeniero civil.

Entre 1924 y 1925 viajó por Francia y España donde conoció los planeamientos urbanísticos y arquitectónicos de la época.

En 1930 viajó a Estados Unidos con su padre, quien falleció en el trayecto. Obligado por esta circunstancia, se hizo cargo de los negocios familiares en Guadalajara. Entre 1931 y 1932 realizó un segundo viaje por Europa. Viajó también por África del norte, donde quedo impresionado con la arquitectura mediterránea y árabe.

Cuando se trasladó a vivir a la ciudad de México trabajó primero intensamente, en lo que el llamo su etapa "comercial", para después retirarse y empezar a crear las grandes obras de su madurez y desarrollar sus primeros jardines. En 1945 se asoció con José Bustamante para desarrollar el proyecto de planificación y urbanización del fraccionamiento Jardines del Pedregal de San Ángel, al sur de la ciudad de México.

En 1976 recibió el premio Nacional de Artes, e ingresa como miembro del American Institute of Architects; en 1984 fue nombrado miembro honorario de la American Academy and Institute of Arts and Letters, de la ciudad de Nueva York; durante ese año, la Universidad de Guadalajara le otorgó el título de Doctor Honoris Causa; en 1985 recibió el premio anual de Arquitectura Jalisco.

En 1980, Luis Barragán fue distinguido con el premio Pritzker, establecido por la fundación Hyatt para honrar en vida al arquitecto cuyo trabajo demuestre talento, visión y compromiso, y que haya contribuido significativamente a la humanidad en la creación del entorno a través de la arquitectura.

En su arquitectura propuso una nueva forma de relacionar el color con los volúmenes arquitectónicos, y planteó un interesante juego de espacios horizontales y verticales que se integran de manera muy sutil y equilibrada con el paisaje y el entorno natural.

La mirada moderna que renovó la arquitectura mexicana

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La mirada moderna que renovó la arquitectura mexicana

Por iiarquitectos y arq.com.mx

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