sábado, 9 de enero de 2010

Concilio de Trento

Concilio de Trento

Es el decimonoveno concilio ecuménico de la Iglesia católica apostólica romana, convocado con la intención de responder a la Reforma protestante, supuso una reorientación general de la Iglesia y definió con precisión sus dogmas esenciales. Los decretos del Concilio, confirmados por el papa Pío IV el 26 de enero de 1564, fijaron los modelos de fe y las prácticas de la Iglesia hasta mediados del siglo XX.

Todo el mundo consideraba necesario, la convocatoria de un concilio que reformara la disciplina de la Iglesia. El V Concilio de Letrán fracasó en este sentido y concluyó sus deliberaciones antes de que se plantearan las nuevas cuestiones suscitadas por Martín Lutero. En 1518, el teólogo alemán subrayó la necesidad de celebrar un concilio que afrontara las polémicas surgidas. El papa Clemente VII temía que una reunión de este tipo pudiera favorecer la teoría que afirmaba que la autoridad suprema de la Iglesia recaía en los concilios y no en el pontífice. Además, las dificultades políticas que el luteranismo planteó al emperador Carlos V hicieron que otros gobernantes, se mostraran reacios a apoyar cualquier acción que pudiera fortalecer el poder del emperador, liberándole de estos conflictos.

El Concilio inauguró sus sesiones en Trento el 13 de diciembre de 1545. Con escasa participación al principio, aumentó de forma progresiva el número de asistentes y su prestigio a lo largo de las tres fases en que se desarrolló.

PRIMERA FASE

Es la fase que comprendió de 1545-1547, siendo la que tuvo mayor alcance. En ella fueron abordados los principales temas doctrinales planteados por los protestantes. Uno de los primeros decretos afirmaba que las Escrituras tenían que ser entendidas dentro de la tradición de la Iglesia, lo que representaba un rechazo implícito del principio protestante de ‘sólo Escrituras’. El largo y elaborado decreto condenaba el pelagianismo, doctrina herética, aunque intentaba al mismo tiempo definir un papel para la libertad humana en el proceso de la salvación. Esta sesión también se ocupó la obligación de los obispos de residir en las diócesis de las que fueran titulares.

SEGUNDA FASE

Comprendió los años de 1551-1552 Después de una interrupción, provocada por una profunda desavenencia política entre Pablo III y Carlos V, la segunda fase del Concilio, convocada por el nuevo papa Julio III, centró su atención en el tema de los sacramentos. Esta sesión, boicoteada por la legación francesa, fue continuada por algunos representantes protestantes.

TERCERA FASE

Es la fase que comprendió los años de 1561-1563. Debido a una declaración de guerra, el Concilio permaneció suspendido. Fue Pío IV quien renovó su convocatoria en 1561, cuando en España reinaba ya Felipe II, para afrontar la que sería su fase final. En esta fase se impusieron las cuestiones disciplinarias, haciendo hincapié en el problema pendiente de la residencia episcopal, considerado por todas las partes clave para la auténtica aplicación de una reforma eclesiástica. El hábil legado pontificio Giovanni Morone armonizó posturas opuestas y logró clausurar el Concilio.

En 1564 Pío IV publicó la Profesión de la fe tridentina, resumiendo los decretos doctrinales del Concilio. El Concilio nunca se ocupó del papel del pontificado en la Iglesia. Entre los muchos teólogos que participaron en sus sesiones, Reginald Pole, Diego Laínez, Melchor Cano, Domingo de Soto y Girolamo Seripando, fueron los que desarrollaron una actividad más intensa en los debates. También fue muy importante los miembros de la Compañía de Jesús.

SIGNIFICADO DEL CONCILIO DE TRENTO

El Concilio de Trento definió algunos dogmas incontestables: el hombre tiene libre albedrío e inclinación natural al bien; la fe se obtiene a través de las Sagradas Escrituras y se complementa con la tradición de la Iglesia, establecida por textos de padres y doctores de la Iglesia y concilios; la misa es un sacrificio y una acción de gracias; la eucaristía supone una transubstanciación real; la Iglesia es el instrumento querido por Dios, guiada por el Espíritu Santo es santa, católica, romana y apostólica. También fueron acordados principios de procedimiento y disciplina: residencia episcopal; obediencia del obispo al papa, condiciones del reclutamiento sacerdotal; invitación a las órdenes religiosas para observar sus reglas fundacionales.

Se impartió entre sus dirigentes un sentido de cohesión y dirección que se convirtió en un elemento esencial para la revitalización de la Iglesia durante la Contrarreforma. la designación de ‘era tridentina’ para los siglos comprendidos entre Trento y el Concilio Vaticano II, refleja la decisiva trascendencia que tuvo el Concilio en la Iglesia católica moderna.

Por iiarquitectos

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