sábado, 15 de noviembre de 2014

Arquitectura de destrucción y construcción

Arquitectura de destrucción y construcción

Más allá de escenificar la paradoja de ser a la vez una ciudad nueva y con historia, el Berlín de los últimos 25 años demuestra una de las perversiones del mundo actual.

Cómo un símbolo del terror (el Muro) puede convertirse en el mejor activo turístico de una ciudad.

Es cierto que apenas quedan restos del Muro levantado por 8.000 soldados de la República Democrática Alemana en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961. Pero también lo es que esa escasez, precisamente, y el reclamo de su antigua huella atravesando el nuevo centro de la ciudad le conceden valor de rareza y, por tanto, de atracción turística. Así, del mismo modo que la capital alemana fue partida por un muro en menos de 24 horas, la ciudad reunificada se reconstruyó también con celeridad, en poco más de dos lustros, en uno de los procesos urbanísticos más vertiginosos de todos los tiempos. La última década del siglo XX convirtió Berlín en un campo de pruebas arquitectónico. Justo es reconocer que allí se ensayó tanto un modelo de ciudad de escala humana —en el que ningún edificio podía superar los 23 metros de altura— como una forma de justicia urbana que hizo brotar la nueva capital al tiempo que reconstruía parte de su dañada memoria en lugar de enterrarla bajo la codicia inmobiliaria.

Así, junto a la huella del antiguo Muro, la manzana que contiene el conmovedor memorial de los judíos europeos asesinados es ejemplo de esa oposición al olvido que ejerce la piedra o, en este caso, el hormigón. Se trata a la vez de un vacío urbano y de un espacio público que guarda el recuerdo —y con él la advertencia de los más de cinco millones de judíos asesinados—. Su autor, el norteamericano Peter Eisenman, inauguró en 2005 esta topografía en la que 2.711 monolitos de casi dos metros y medio de largo y de diversas alturas desorientan al visitante. Como la propia memoria —que tiende a desdibujarse con el tiempo—, esos grandes prismas se desdibujan en el perímetro del monumento para convertirse en bancos y dejar que junto a ellos brote la vegetación. Esa convivencia entre el pasado doloroso y explícito y la vida cotidiana es una respuesta vital que se ha convertido ya en “el monumento” de la nueva capital. Con todo, el interior es claustrofóbico: busca, y logra, desconectar al visitante, apabullarlo.

Curiosamente esa idea de la claustrofobia y la presión de los monolitos devorados por la vegetación ya le habían servido a otro arquitecto judío, el norteamericano de origen polaco Daniel Libeskind, para levantar el jardín del exilio en el Museo Judío más de un lustro antes, en 1999. Libeskind, que huyó con su familia del Holocausto y desembarcó siendo niño en Nueva York, ganó el concurso para levantarlo meses antes de que cayera el Muro.

Así, la caída del Muro llevó a reinventar más que recuperar la ciudad, proceso que contó con el apoyo de la Unesco, que declaró la Isla de los Museos, en medio del río Spree, patrimonio de la humanidad en plena reconstrucción, mucho antes de que el antiguo proyecto de Federico Guillermo IV de Prusia recuperase la vida. Esa isla une hoy las colecciones de arte de las dos Alemanias en varios museos —del Altes, levantado por el gran arquitecto del neoclasicismo alemán Karl Friedrich Schinkel en 1830, al Neues, que ideara un discípulo de Schinkel, Friedrich August Stüler, y que recuperó en 2009 el británico David Chipperfield—. Ese centro, que expone el célebre busto de Nefertiti, es un ejercicio de respeto histórico, paciencia arquitectónica, ingenio discreto y gran presupuesto —costó 292 millones de euros—. Y aunque no sea el más vistoso, es posiblemente el nuevo-viejo edificio berlinés que ofrece una mejor lección arquitectónica: la de la convivencia, el respeto y la reinvención conviviendo. Esos méritos le valieron en 2011 el Premio Mies van der Rohe, el mayor galardón arquitectónico que concede la Unión Europea.

Más allá de la memoria, y la transformación de los viejos escombros en nuevos monumentos, la “reconstrucción crítica” impulsada por las ideas del arquitecto Josef Paul Kleihues, y desarrollada por el urbanista Hans Stimmann, tuvo como consigna ordenar. A la altura máxima de cinco plantas se sumó la prohibición de las fachadas de muro cortina. Berlín Este y Berlín Oeste —que contaban con diferentes redes de saneamiento— debían ser uno y uniforme. La drástica ordenación urbanística se encargaría de conseguirlo, borrando, salvo en contados puntos, a la vez la historia y el crecimiento en la ciudad.

Hasta entonces Berlín Occidental había sido una anomalía urbana que no tenía espacio para crecer. La parte oriental se construyó, en cambio, levantando en Alexanderplatz edificios de altura cuya única preocupación arquitectónica consistía en que fueran visibles desde el otro lado del Muro. Convertida en un laboratorio arquitectónico, la nueva ciudad concentró en su reconstrucción “los peores edificios de los mejores arquitectos”, declaró a EL PAÍS David Chipperfield. El autor del galardonado Neues Museum hablaba, sobre todo, de la Potsdamer Platz, que creció en menos de un lustro y llegó a ser, a finales del siglo XX, la mayor zona de obras de Europa.

El italiano Renzo Piano fue el elegido para idear el urbanismo de ese barrio. Donde antaño se ubicaba la puerta de la ciudad que inauguraba el camino hacia Potsdam, la burguesía había levantado sus villas junto al Tiergarten cuando el barrio fue bombardeado durante la II Guerra Mundial. Quedar dividido entre el protectorado soviético y el norteamericano terminó de borrar del mapa el vecindario. De manera que cuando Piano se enfrentó al vacío optó por enviar un mensaje de futuro: construiría una zona densa con rascacielos. Eso es hoy, efectivamente, la plaza: un lugar que ha recuperado la vida, pero en el que no brilla la arquitectura. A pesar de que es difícil juntar más arquitectos célebres por metro cuadrado, ni la torre de Kollhoff, ni el Sony Center de Helmut Jahn, ni los propios inmuebles firmados por Piano hablan de arquitectura con mayúsculas —aunque todos ayuden a configurar un barrio más internacional que cosmopolita.

No lejos, al otro lado del jardín principal de la ciudad, el Tiergarten —convertido en barrio tras la caída del Muro—, el británico Norman Foster coronó el Reichstag, el antiguo Parlamento alemán, con una cúpula transparente que sitúa a los visitantes por encima de los políticos, en otro ejercicio de simbolismo arquitectónico convertido, a su vez, en meca para turistas.

Tras la reunificación, hubo más de millón y medio de peticiones de restitución de propiedades en el corazón de Berlín. Muchos terrenos fueron devueltos a antiguos propietarios judíos y se fomentaron ayudas para la inversión y la regeneración urbana. Hoy, sin embargo, la ciudad es más un destino para visitantes que un lugar para vivir. Y aunque cuenta con una creciente población nómada —atraída por los bajos costes de los alquileres—, no termina de perder el aire de escenario irreal que caracteriza las ciudades construidas con más ideas que tiempo.

Por iiarquitectos y arq.com.mx

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