domingo, 1 de junio de 2014

La sede de la Naciones Unidas

La sede de la Naciones Unidas

En 1947 Wallace Harrison me invitó a formar parte del equi­po de arquitectos que debía proyectar la sede de las Naciones Unidas. El día que llegué a Nueva York, Le Corbusier llamó por teléfono a mi hotel para pedirme que me encontrara con él en una esquina de la 5a Avenida.

Hacía mucho frío. Solícito, Le Corbusier me prestó su sobre­todo diciendo: "Haré como san Francisco". Y como la casa de Oscar Nitzke quedaba cerca, fuimos caminando hasta allá mien­tras él me contaba su historia. Su proyecto estaba siendo muy criticado y quería que yo estuviera de su lado y colaborara con él. Acepté. Durante unos días intenté ayudarlo, hasta que Wallace Harrison me convocó a su oficina: "Oscar, yo lo invité para que presentara su propio proyecto como todos los demás arquitec­tos, no para que trabajara con Le Corbusier". Le comenté a Le Corbusier lo ocurrido y él me respondió: "Usted no puede hacer eso, va a crear confusión". Pero unos días después me aconsejó: "Mejor haga lo suyo. Están esperando su proyecto".

Concluí mis croquis en una semana. Confieso que el proyecto de Le Corbusier no me gustaba. Pienso que había sido original­mente diseñado para otro lugar: el edificio de la Gran Asamblea y los Consejos, situado en el centro del terreno, lo dividía en dos.

En mi proyecto mantuve el edificio indispensable de las Naciones Unidas y separé los Consejos de la Gran Asamblea, ubicando a los primeros en un edificio bajo y extenso junto al río, y a la Asamblea en un extremo del terreno. Acababa de crear la Plaza de las Naciones Unidas.

Budiansky, asesor de Le Corbusier, fue el primero en verlo: "Su proyecto es mejor que el de Le Corbusier". Y el propio Le Corbusier, que apareció enseguida, comentó después de haberlo examinado detenidamente: "¡Es un proyecto elegante!".

Wallace Harrison volvió a convocarme: "Oscar, su proyecto cuenta con preferencia unánime; voy a proponerlo en la próxima reunión".

Ese mismo día subí en el ascensor con el arquitecto que repre­sentaba a China y me dijo: "Hoy votaré por usted".

Al iniciarse la reunión, Le Corbusier intentó una vez más defender su proyecto: "No hice diseños bonitos, pero es la solu­ción científica de todo el programa de las Naciones Unidas". Y yo comprendí que se refería a mis diseños.

La reunión se animó. Wallace Harrison propuso mi proyecto, que fue aceptado por unanimidad. Todos me felicitaron. Hasta la secretaria vino a abrazarme. Mi proyecto había sido elegido.

Pero a la salida, Le Corbusier me pidió: "Quiero hablar con usted mañana temprano".

Lo recibí. Le Corbusier me propuso cambiar la ubicación de la Gran Asamblea, trasladándola hacia el centro del terreno: "Es el elemento jerárquicamente más importante y su lugar es ése". Yo no estaba de acuerdo. Eso acabaría con la Plaza de las Naciones Unidas y dividiría de nuevo el terreno.

Pero Le Corbusier insistió y parecía tan atribulado que resolví aceptar. Y presentamos juntos un nuevo estudio, el proyecto 23-32 (23 era el número de su proyecto original y 32 el del mío).

Wallace Harrison no aprobó mi decisión. A fin de cuentas, me había consultado antes.

Los trabajos prosiguieron. Se hicieron pequeñas modificacio­nes y, en realidad, el edificio construido corresponde (y eso es fácil de verificar) en sus volúmenes y espacios libres al proyecto 23-32 presentado.

Pero debo considerarlo como un trabajo de equipo; nuestra tarea se limitó a definir el partido arquitectónico. El resto, todos los detalles, fueron elaborados por Wallace Harrison, Abramo­vitz y sus colaboradores. De Wallace Harrison y Abramovitz sólo recuerdo corrección y amistad.

En cuanto a Le Corbusier, nunca comentó ni dijo media palabra sobre el proyecto 23-32, pero recuerdo que unos meses después, cuando estábamos almorzando en su departamento, me miró y me dijo: "Usted es generoso".

Y sentí que, un poco tarde sin duda, aludía a aquella maña­na en Nueva York cuando, para complacerlo, dejé de lado mi proyecto, que además ya había sido escogido por la Comisión de Arquitectos.

Sería natural, teniendo en cuenta los hechos relatados, que yo guardara cierto rencor al hablar de Le Corbusier. Pero no es así. Hoy lo recuerdo con el mismo entusiasmo con que 40 años atrás fuimos a recibirlo al aeropuerto. El arquitecto genial que, aquel día, nos pareció que bajaba del cielo.

Al contrario, siempre lo sentí como un ser humano que traía dentro de sí un mensaje, un canto de belleza que no podía callar.

Prefiero terminar aquí. No tengo nada más que decir sobre lo que ocurrió cuando elaboramos el proyecto para la sede de las Naciones Unidas.

Pero eso no impide que, al mirar la foto de la obra realizada, me sienta un poco triste. ¡Ah... cuánta falta hace la Plaza de las Naciones Unidas que diseñé!

La sede de la Naciones Unidas

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La sede de la Naciones Unidas

Por iiarquitectos y arq.com.mx

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